Luis Mur Volver a la web

Un email de ejemplo

Esto es lo que te entrego: una historia que se lee sola y un final que vende. La historia es mía. El final es de quien me contrata. Aquí lo he rematado para un negocio que vende esfuerzo: un programa de entrenamiento de doce semanas.

De
Una entrenadora personal
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Asunto

Donkey Kong me enseñó el valor del dinero

Si tienes una edad, sabes quién es.

Y si no, te diré que Donkey Kong fue más famoso que Mario Bros hasta que el fontanero acabó comiéndole la tostada.

Pero basta de andarse por las ramas.

O por las vigas de acero.

Tenía nueve años.

Años ochenta. Recreativos llenos de adolescentes con mostacho pelusero, Ducados, pantalones pitillo y litronas circulando de mano en mano.

Para mí, aquello era territorio prohibido.

Así que solo había una solución: tener una videoconsola en casa.

El problema era que las consolas costaban una pasta y en una familia trabajadora no aparecían por generación espontánea.

Mi padre jugaba al mus.

Y jugaba bien.

Con su pareja se apuntaba a campeonatos en los que podías ganar desde un transistor hasta un televisor.

Hasta que un día apareció como premio mi oscuro objeto de deseo: una ColecoVision.

No recuerdo haber tenido el esfínter anal tan apretado como aquella semana.

Cada noche esperaba despierto para saber si habían ganado la partida.

Y ganaron.

CBS ColecoVision Entertainment Device.

Me aprendí hasta la última letra.

También me aprendí de memoria el juego que venía incluido.

Y en cuanto lo exprimí, empecé a machacar a mis padres para que me compraran otro.

El juego costaba unas 5.000 pesetas.

Treinta euros de ahora.

Pero no eran treinta euros de ahora.

Aquello podía representar cerca de una décima parte de un sueldo mensual.

Y yo quería cinco mil pesetas para matar marcianos.

Mi padre encontró la solución.

Durante las vacaciones de Semana Santa me llevó a trabajar con él.

Mi misión era sencilla: llenar bandejas con sustrato y pasar pequeñas plantas del semillero a alveolos.

Una planta. Una peseta. Otra planta. Otra peseta. Hasta llegar a cinco mil.

No sé si llegué realmente a trasplantar cinco mil.

Lo que sí recuerdo es llevar aquellos mil duros en el bolsillo camino de El Corte Inglés de Princesa, de la mano de mi madre.

Entré. Compré mi juego. Y salí con el orgullo de quien acaba de cruzar una meta.

Aquel cartucho me enseñó algo que no entendí hasta muchos años después:

5.000 pesetas no valían lo mismo antes de ganarlas que después de haber trabajado para conseguirlas.

Todavía conservo aquel juego.

Y alguna vez vuelvo a ponerlo.

Salto. Machaco barriles.

Y recuerdo cuánto cuesta de verdad una moneda cuando has tenido que ganártela una a una.

Con el cuerpo pasa exactamente igual.

Llevo años entrenando a gente y todavía no he visto a nadie presumir de un cambio que no le costó nada. Los que lo dejan en febrero no son los que pagaron poco. Son los que esperaban el resultado sin pasar por la parte del semillero.

El programa de doce semanas no es rápido. Son tres sesiones por semana durante tres meses, con alguien mirándote la técnica y diciéndote lo que no te apetece oír.

Planta a planta.

Si lo que buscas es el atajo, hay cuarenta aplicaciones que te lo prometen por 9,99 al mes. Si lo que buscas es llegar a algún sitio y acordarte de lo que costó, el lunes abro grupo.

Quiero mi plaza

PD. Todavía conservo el cartucho. Pregúntame por él el día que te falten ganas de venir a entrenar.

Qué está haciendo este email

Eso es lo que hago: buscar la historia que tienes a mano y darle el final que le conviene a tu negocio.

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